sábado, septiembre 24, 2011

Historias del Camino de Santiago, de Madrid a Segovia (I)

Lo que vengo a contarles hoy no es una única historia, son muchas historias. En realidad, no son historias, lo que vengo a presentarles hoy son personas. Personas con las que charlé, a las que conocí o a las que simplemente vi el pasado sábado. Son historias que viví a lo largo de 100 kilómetros y durante algo más de 15 horas.

Esta historia comienza el sábado a las 08:00 de la mañana en el Paseo de las Alamedillas de Madrid y tiene una infinidad de protagonistas.

La salida

En Fuencarral, a las 08.00 de la mañana, ya había una marabunta de gente esperando a que la carrera diera la salida. Se podía ver a personas atléticas con pinta de corredores, personas fuertes con pinta de marchadores, grupos de tres, cuatro y cinco personas vestidos idénticamente, esposas de marchadores, hijos de corredoras, padres de chicos jóvenes, maridos de mujeres mayores,...

Yo estoy acompañado de mis padres, Manuel y Emilia, que me miran con cierto nerviosismo. Yo estoy tranquilo. Esto no es nuevo para mí. Los instantes antes de la carrera todo lo que había que hacer ya está hecho, no hay nada más que hacer salvo estar tranquilo y centrarse en lo que uno va a acometer.

También está con nosotros mi amigo Alberto que hoy también su propio reto personal con los 100 kilómetros.

Entre el amasijo de gente asoma José Manuel, un tipo muy alto y corpulento, a quien conocí en el Maratón de Madrid y a quién el año pasado, en la I Edición de Madrid a Segovia, vi en la salida y en la meta. Le saludo y charlo con él un rato. Comentamos cómo vamos a afrontar la carrera y me reúno con mi familia de nuevo.

Me suena el móvil, es Fer, un amigo con quien, el año pasado, compartí los últimos 37 kilómetros desde Cercedilla hasta Segovia. Le localizo y charlo con él. Su idea es correr hasta casi llegar a Colmenar reservando fuerzas y desde ahí caminar hasta Cercedilla. "¿No vas a Segovia?" le pregunto. Me responde que no, que este año su meta es Cercedilla. Me despido de él y su compañero de marcha con un "¡Mucha fuerza!".

A la salida también ha venido Dani, que me ha ayudado con el entrenamiento para llegar fuerte físicamente y afrontar el reto en las mejores condiciones en el poco tiempo que tenemos. Comentamos cómo me encuentro mientras un amigo suyo nos saca unas fotos.

A las 9 de la mañana me aproximo a la salida y me acerco lo más posible a la línea de salida, voy a salir corriendo y no quiero tener que estar adelantando a mucha gente. Es peligroso, puedes tropezarte, caer al suelo y montar una buena montaña de corredores en menos de dos segundos. Además, los primeros metros no me gusta tener a nadie delante.

Disparo de salida y...

Madrid - Tres Cantos

Arranco a correr y, aunque me he colocado cerca de la salida, salgo a un ritmo que me obliga a adelantar a mucha gente. Pronto me sitúo en un lugar donde corro cómodo sin que nadie me estorbe. Por delante, tengo una treintena de corredores.

Todos corremos más rápido de lo que teníamos planeado y lo sabemos, la emoción del disparo de salida y las ganas de correr te impulsan con fuerza. Cuando abandonamos el carril bici se forma un grupo de una docena de corredores. Todos vamos más o menos al mismo ritmo pero aún así nos vamos adelantando unos a otros, como turnándonos para ir a la cabeza. Correr juntos no es algo consensuado ni acordado pero todos hacemos piña. Un señor, en la orilla del camino, grita: "¡vaya pelotón de élite que se ha montado!". Sonrío porque me hace gracia que me considere de élite.

Alcanzamos al tipo que corre por el Retiro en shorts y sin camiseta sea la época del año que sea. Su paso tiene la precisión de un reloj suizo y su zancada es larga, muy larga. Va en shorts y sin camiseta, no podía ser de otra manera. Corremos por una trialera que no nos permite adelantarle así que me pongo detrás de él y le imito el ritmo. Detrás de mí, se amontona el resto del pelotón. Cuando abandonamos el camino estrecho y salimos al carril bici le adelantamos. A unos pocos metros está el primer avituallamiento.

Paro en el avituallamiento donde una chica me pone el sello en la credencial del peregrino. Hay dos personas del SAMUR que miran como bebemos y comemos con rapidez. Me bebo una botella de agua y un par de vasos de isotónico, como varios trozos de fruta y relleno el camelbag con otra botella de agua.

Y salgo corriendo de nuevo.

Tres Cantos - Colmenar

Cruzo la pasarela que hay sobre la M-607 y me coloco a la izquierda del carril bici para estorbar lo menos posible a los ciclistas que pedalean por ahí. Para el entrenamiento del maratón había corrido por ese mismo tramo del carril bici así que nada me pilla de nuevas. Pasan ciclistas de todo tipo: con bicicleta de carretera y perfectamente equipados dejando una estela a su paso, con bicicleta de montaña menos equipados y pedaleando con fuerza, con bicicleta de montaña y con ritmo de paseo...

Adelanto a dos corredores, uno joven y otro, un poco mayor que éste, que corren juntos, cuando dejamos el carril bici para tomar ya la pista que corre cruzando un riachuelo.

A lo lejos vuelvo a divisar al corredor del Retiro que sigue marcando con sus dos agujas el paso perfecto. Salió unos minutos antes que yo en el avituallamiento. No me impongo un ritmo para alcanzarle pero tras cruzar dos o tres veces el riachuelo le alcanzo y poco a poco le voy dejando atrás. Después de varios minutos vuelvo a correr solo.

Estos caminos me son conocidos porque los he pedaleado y caminado con amigos unas cuantas veces. Recuerdo la ruta que hice con Felipe y su primo Ángel en la que fuimos jugando a ir diciendo añadiendo cosas a una lista de cosas que llevábamos con nosotros: un porro, una mochila, un videl, un baúl,...

Absorto con el paisaje avisto dos corredores más a lo lejos. No tardo en alcanzarlos ya que en las subidas caminan para reservar energías.

Justo antes de la cuesta del cementerio de Colmenar hay un señor mayor paseando que me se para para mirar como corro, mientras en lo alto de la cuesta, justo antes del cementerio, espera un fotógrafo y una voluntaria. Me fotografía mientras subo y la voluntaria me da una voz de aliento.

Sé que al final de tanta cuesta está el avituallamiento y habré corrido casi un cuarto de la prueba, 23 kilómetros, y que allí podré beber unos buenos tragos de agua para reponer tanto líquido que estoy sudando. Encumbro la cuesta del cementerio y cruzo la carretera por la rotonda que los agentes de la guardia civil franquean para que los coches paren a nuestro paso.

A lo lejos, frente a la puerta del colegio veo a mi padre, cámara en mano, gritando como un loco. Rápidamente se asoma mi madre que levanta entre sus manos una pancarta. Me acerco a ellos y les doy dos besos a cada uno y cojo la pancarta que agitaba mi madre: son fotos de toda mi familia, mis padres, mi hermano, mi hermana, mi cuñado y mi ángel Inoue.

El avituallamiento de Colmenar habla de ellos, mi familia, de las fuerzas que me dan, de su apoyo incondicional en estos momentos a pesar de que no entienden por qué hago estas cosas. Sé que ellos estarán ahí siempre y saber eso me da fuerzas para querer continuar corriendo.

Sigo lo que será el ritual de todo avituallamiento de beber agua e isotónico, comer fruta y rellenar el camelbag y cuando termino salgo a la puerta del colegio y me despido de mis padres. Sé que van a estar en todos los avituallamientos en que puedan verme pasar para darme ánimos.

Colmenar - Puente Medieval

El calor empieza a apretar y no corre ni una pizca de viento. Vuelvo a cruzar la rotonda de antes y otra voluntaria me indica el camino a seguir. En la puerta de una finca que atravesamos está una de las organizadoras a la que vi el año pasado en el Alto de la Fuenfría y a la que este año ya he visto en la feria del corredor y en la salida. "Estás en todas partes" le grito al pasar a su lado.

Tengo dos corredores delante de mí. Uno es un tipo alto y muy fino. Sus piernas parecen unos palillos chinos pero al ser largas puede dar una buena zancada cada vez. Corro más rápido que él. Delante tengo a otro corredor, este es algo más bajo que yo y rondará los 40 años. Continuamente le veo mirar hacia atrás en los cruces de caminos y hasta que en uno veo que se para y mira hacia atrás. Señala con los dos brazos en sentidos contrarios y entiendo que no sabe cuál es el camino. Desde mi punto veo las cintas de la organización y le indico que siga de frente.

Pronto me encuentro corriendo por los caminos por los que transcurre la prueba de 100 kilómetros a la que me presenté por primera vez y en la que tuve que abandonar en el kilómetro 73. Adelanto a un grupo de unas 15 personas que van con grandes mochilas, que miran el dorsal al adelantarles. Pronto llego a una bajada con grandes piedras que me pone en alerta porque hay que ir bajando de forma ágil y sabiendo donde colocas los pies si no quieres terminar en el suelo. Me divierte bajar por estos terrenos que te mantienen despierto. Hacia el kilómetro 30 paro de correr para tomarme, como había comentado con Dani, un gel grande de alto contenido calórico. Cuando lo termino bebo un gran trago de agua y vuelvo a correr. Estoy a un kilómetro del Puente Medieval.

A lo lejos diviso la carretera y sé que el avituallamiento está a pocos metros así que la emoción me embarga y hasta me animo en alto con pequeños gritos. Un matrimonio y su hija están en la última curva antes del avituallamiento y me animan al pasar. Les agradezco los ánimos al pasar a su lado levantando la mano hacia ellos. Pego un gran salto y llego al avituallamiento.

Ahí está Dani, que ha venido a ver cómo iba. Dani es diestista-nutricionista y experto en rendimiento deportivo y además es ciclista y corredor (ha terminado con éxito tres Transalpine-Run, la carrera de montaña más dura del mundo). Charlo con él de cómo va todo, los ritmos, las sensaciones, lo que como en los avituallamientos, de cuántos corredores llevo por delante, de mi saltito antes del avituallamiento... Entre medias llega el corredor con piernas de palillo. Le he sacado unos dos de minuto.

Me hago una foto con Dani, me despido de él y salgo corriendo dejando rápidamente el avituallamiento atrás.

Puente Medieval - Manzanares el Real

Estas pistas también las reconozco así que no se me hacen largas y corro manteniendo mi ritmo de carrera. Pronto alcanzo a un corredor que se engancha a mí cuando le adelanto. No me he fijado en él y no le presto atención mientras corro. Voy concentrado en correr, en mi estado, en cómo me encuentro, en beber agua cada poco tiempo... De vez en cuando miro hacia atrás y veo que sigue ahí aunque cada vez le cuesta más seguir mi ritmo. Sigo corriendo y pronto me encuentro en la bajada hacia el embalse de Manzanares donde ya no está detrás de mí al corredor que había adelantado hacía unos minutos.

En esa bajada me encuentro con tres corredores. A los dos que van justo delante de mí no se les ve muy duchos en esto de las bajadas y se alejan buscando una trialera con tierra que se aleja de la parte más recta. Yo voy por la zona de más piedras porque es el camino más corto. Cuando el camino les lleva de nuevo a la zona de piedras yo ya voy por delante de ellos.

El otro corredor, que lleva un ritmo algo más fuerte que los otros dos, baja bastante bien y tampoco ha querido atajar, pero aún así yo voy más rápido. Es un hombre de unos 45 años, alto y delgado. Obviamente él va por la zona mejor para bajar así que para quitármelo del medio tengo que arriesgar metiéndome por zonas más sucias. Hago dos amagos de resbalarme pero pronto le he adelantado. Salimos juntos a la pista ancha al final de la bajada empedrada y bajamos corriendo, yendo yo un poco por delante de él. Cuando cojo la zona asfaltada sé que apenas en medio kilómetro está el avituallamiento y acelero el paso.

Me cruzo con varios ciclistas que están en la cuenta revisando una bicicleta: parece que uno ha pinchado. Antes de una curva que me llevará al avituallamiento, me cruzo con un matrimonio que me grita: "ánimo que ya tienes a tu familia esperándote". Creo recordar que los vi en Colmenar mientras charlaba con mis padres. Giro en la curva y veo a lo lejos de nuevo a mis padres esperándome y animándome: "¡No decaigas! ¡No pares! ¡Ánimo mi campeón!" grita mi madre. Me emociono.

En el avituallamiento, bebo, como y charlo con mi madre. Sé que está preocupada por mí pero yo la intento convencer de que estoy muy bien, que me encuentro muy fuerte y que todo va bien. Entran varios corredores y entre ellos llega una pareja formada por un chico y una chica. Los dos son un poco más bajos que yo y fibroso. La chica debe ser la primera o segunda chica porque no recuerdo que me haya adelantado ninguna hasta el momento. Estiran un poco y beben agua. Es mi hora de seguir.

Todavía faltan 60 kilómetros para llegar a Segovia y yo sigo corriendo.

Manzanares El Real - Mataelpino

El avituallamiento de Manzanares está en el kilómetro 40, en dos kilómetros habré corrido el primer maratón de la prueba. Eso me estimula a correr con fuerza pendiente del GPS para ver cuándo cruzo los 42.195 metros para ver qué tiempo he hecho en el primer maratón.

Voy corriendo por el aparcamiento que hay antes de la puerta de la entrada al Parque Regional de La Pedriza y miro la distancia total que llevo recorrida y cuando en la pantalla aparece 42.19 km en el cuadrante del tiempo aparece 04:25. No está nada mal si tengo en cuenta que aún me queda, aproximadamente, otro maratón y medio.

Son aproximadamente las dos de la tarde y el sol no me da tregua. No veo a nadie detrás de mí y no hay ningún corredor por delante. Veo una escuela de equitación a mi izquierda y me cruzo con un jinete en su caballo blanco con motitas negras. También paso al lado de un coche donde una madre está con sus dos hijos.

Voy solo y el calor me va aplastando contra el suelo. Me obceco en beber a grandes tragos a ver si consigo aligerar la sensación de calor que llevo. Este calor me va minando la moral y me siento que las piernas se me están derritiendo y que los pies se me van pegando al suelo. Me cuesta levantarlos para dar una zancada decente. Bebo agua. No estoy cansado, no estoy lesionado, no hay nada que me duela fuera de lo que ya me dolía. Realmente pienso si tengo calor y lo cierto es que no tengo el calor, pero el sol me está dando en la nuca y sigo aplastado contra el suelo. Será mejor caminar.

He llegado al kilómetro 46 y he llegado corriendo, pero me surge una sensación de fracaso extraña. Camino e intento no concentrarme en ello, pero no me lo puedo quitar de la cabeza, debería estar corriendo, no estoy cansado, tengo mucho más que dar y todavía no he llegado a la mitad de la prueba.

Alcanzo a dos peregrinos con grandes mochilas que caminan con paso lento y pesado. Les adelanto y les digo: ¡Buen camino! "Buen camino" me responden.

Sé que no queda mucho cuando dejo la pista y aparezco yendo en paralelo a la carretera y a lo lejos veo el cartel de entrada al pueblo de Mataelpino. Sé que van a estar mis padres y no quiero que se preocupen más de la cuenta así que arranco a correr, lo que me indica nuevamente que todo está en nuestra cabeza, que con una motivación el cuerpo responde, mi límite estaba siendo la cabeza y no el cuerpo. Afronto la gran subida que hay hasta el avituallamiento y desde abajo ya veo la silueta de mi padre que camina nervioso de un lado a otro.

Cuando estoy a unos metros de él me alienta para seguir y no parar. Me dice que vaya hacia la izquierda a la par que un niño de unos 10 años con la camiseta de la organización que sale corriendo hasta la plaza y grita: "¡Viene uno!". La gente sentada en las terrazas aplaude y me anima. Me cruzo con mi madre que vuelve a gritarme: "¡eres un campeón!".

Me acerco al avituallamiento para que me pongan el sello y beber. Le pido a un voluntario si me puede dar una botella de agua y aparece de nuevo el niño y grita: "¡Yo se la doy!". Se acerca al bidón con hielos donde guardan las botellas de agua y me la da en la mano. "Muchas gracias, campeón" le respondo.

Mi madre se acerca a mí y me pregunta cómo estoy. Le digo que el calor está siendo duro y que me aplasta contra el suelo. Es la primera vez que noto las piernas cargadas. Van llegando otros corredores y les pregunto cómo van. Todos estamos igual, el calor está haciéndonos mella. Me tomo con calma el avituallamiento y bebo mucha agua e isotónico.

Veo que llega el corredor que me saludó en la salida que me conocía de haber intercambiado comentarios en la página de Facebook de la carrera. Me ve y me saluda, le pregunto qué tal lo lleva. Él tampoco ha podido correr todo el tramo desde Manzanares.

Miro el móvil para informar a Dani de que he llegado a Mataelpino sufriendo por el calor y me recuerda que beba muchísimo líquido. También veo que tengo una llamada de David, con quien corrí mi primer maratón este mismo año. Le llamo para saber dónde está. Me dice que está en La Barranca pero que baja ya mismo hacia Mataelpino, que yo siga corriendo que ya nos veremos. Le espero un minuto pero me empiezo a enfriar y decido seguir.

Me despido de mis padres y continúo.

6 comentarios:

Msx2001 dijo...

GRANDE!!!

Oso dijo...

Msx2001: sólo cuando uno está arropado del mejor equipo puede hacer grandes cosas.

Disfruta y sé feliz.

Feliun dijo...

Gracias por compartir tu vivencia, estoy deseando leer la continuación. Quiero reflexionar sobre cómo nuestro sufrimiento (especialmente mental) está siempre condicionado a las expectativas, es relativo a ellas. Estoy seguro de que ese "primer maratón" en esta carrera se hubiera hecho mucho más duro si hubiera sido un maratón de verdad, pero como sabías que aún tenías camino por delante, lo relativizaste. Buen trabajo. Y gran proeza, amigo.

Oso dijo...

Feliun: de nada. Una de las razones por las que hago estas cosas es por poder compartirlas con vosotros. Sobre lo de relativizar efectivamente el cuerpo y la cabeza se preparan de formas diferentes según cuán lejos esté la meta. Por poner un ejemplo extremo, el viernes justo antes de la carrera me costó sudor y lágrimar correr los ¡3 kilómetros! que me marcaba el entrenamiento y al día siguiente hice 100. Pronto publicaré la segunda parte.

Disfruta y sé feliz.

Anónimo dijo...

Amigo David,

Meu primeiro mensaxe na internet e para ti. Perdoa que o faga en galego pero e como mais agusto me enconto escribindo. Lin a tua proeza, ainda que falta o final, que tamen leerei, so podo decir que es un referente de superacion, esforzo e sacrificio. Agora entendo un pocuo mellor porque Alberto te ten tanto respeito.

Unha aperta moi forte de toda a familia e non deixes de ter ese sonriso e esa forza.

Fidel e toda a familia de Alberto.

Oso dijo...

Fidel, Lourdes, Sofía, Brais, Alberto: moitísimas gracias polo voso apoio. Como xa decía Fidel nun mail que me escribiu, ainda na distancia os bos desexos e sentimentos chegan. A mín chéganme os vosos.

Fidel, estaréi encantado de falar contigo en persoa de esforzo e superación, seguro que alguén como ti ten moito que ensinar a alguén coma mín.

Una fortísima aperta para todos e cada un dos membros da familia.