martes, agosto 14, 2012

De Pamplona a Santiago a pie en 14 días

Cuando salgas de viaje para Ítaca,
desea que el camino sea largo.


Viajé, disfruté y llegué. Como ya conté antes de partir, mi nuevo reto era hacer el Camino de Santiago Francés corriendo en etapas ultramaratonianas, solo y sin asistencia. Durante dos semanas me levanté de la cama, me calcé las zapatillas y salí a correr, 40 kilómetros el día que menos y 63 el día que más, con la única compañía de mi mochila y el sonido de mis zancadas contra el suelo. No, no es la heroicidad de ningún atleta de élite, es una pequeña historia de superación personal.

Antes de salir hacia Pamplona tenía miedos y dudas, no sabía a lo que me enfrentaba y lo desconocido siempre nos desconcierta un poco. Yo había escogido mi camino, tenía claro que eso era lo que quería hacer y a punto de enfrentarme con ello lo dejé de tener claro. Es una situación normal amilanarse justo cuando estamos a punto de salir de nuestra zona de confort. El cerebro es muy cómodo y le gusta mantenerse haciendo aquello a lo que está acostumbrado, salir de ahí es un esfuerzo titánico para él e intenta convencernos de que eso que queremos hacer no es realmente lo que queremos hacer. Habrá quien esté pensando que hablar por separado de lo que nuestro cerebro nos dice a nosotros como persona es un tanto extraño, sin embargo, no lo es tanto. Como seres humanos tenemos la capacidad de lo que se llama la autoconsciencia, que viene a ser la capacidad introspectiva de revisar qué estamos sintiendo y qué estamos pensando en un momento dado. El cerebro funciona de una forma y si cuando somos conscientes de ese funcionamiento podemos analizar mejor los mensajes que nos manda. 

En mi caso, había decidido hacer algo y había puesto mis esfuerzos en preparar todo lo necesario para poder luchar por aquello que quería y no me iba a echar atrás en el último momento. No debemos dejarnos autoconvencer a última hora y si en su momento tomamos la decisión al menos hay que intentarlo. No tiene nada de malo dejarlo a medias, siempre y cuando sea realmente lo que uno quiere hacer, pero por lo menos hay que dar el primer paso, siempre.


Mi viaje empezó también con un sólo paso, en Pamplona, y siendo sincero, me costó empezar, literalmente me costó dar el primer paso. Estando frente al albergue municipal de Pamplona con mi credencial del peregrino vacía, la cabeza lista y el cuerpo preparados, me resistí durante unos minutos a arrancar a correr. A veces da miedo dar el primer paso porque sabemos que dar el primer paso significa empezar a salir de nuestra zona de confort. Nos ocurre a menudo en la vida. Tenemos un trabajo que no nos gusta, en el que no nos valoran y en el que creemos que estamos perdiendo el tiempo y, sin embargo, nos cuesta buscar otro mejor. Vivimos una relación infernal en la que continuamente hay problemas y donde nos faltan cosas y cuesta hablar con nuestra pareja para intentar solucionar el asunto. Y como estas situaciones, mil más. Todas ellas significa salir de nuestra zona de confort, romper nuestra rutina, por eso cuesta tanto dar el primer paso.

Yo di mi primer paso y tras ese vinieron experiencias, vivencias, emociones, sentimientos, personas... un sin fin de maravillas que no habría tenido en caso de haberme quedado en casa tumbado en el sofá. ¿Estaría más cómodo? Probablemente, pero de entrada yo sabía que podía ganar más haciendo ese viaje que quedándome en casa y en mi vida colecciono vivencias, experiencias y emociones y dando ese primer paso estaba arrancando una larga colección.


Pero no nos engañemos, no todo fue maravilloso. El primer día fue bastante duro a partir del kilómetro 30, me dolían las piernas, me molestaban las rodillas, me dolían los tobillos, sin embargo, sabía de sobra que era algo que iba a pasar y, aunque uno piensa que está preparado para afrontarlo, cada vez es diferente porque nosotros somos una persona diferente a cada instante y cada lucha debe ser resuelta en el instante en el que se produce. Por mi cabeza durante el primer día a menudo pasaba la idea de que si entonces estaba así, ¿cómo estaría el segundo día? ¿Y el tercero? La cosa tenía mala pinta. ¿Pensé en abandonar entonces? No, en ningún momento, porque he aprendido que posibles problemas que se me puedan presentar en el futuro no pueden ser resueltos hasta que ocurren, de hecho, aquello no era un problema, al menos no todavía y, por lo tanto, no podía resolverlo de ninguna manera. Sencillamente me preocupé de resolver los problemas que se me presentaban en cada momento y que podía resolver y no dejarme influir por los posibles problemas que podrían ser, o no ser, en el futuro. Seguir adelante e ir resolviendo los problemas reales que se nos presentan en cada instante, esa es la clave.

El segundo día no fue mucho mejor. Levantarse de la cama fue un auténtico esfuerzo titánico, apenas podía mover las piernas, totalmente sobrecargadas y agarrotadas, y las rodillas parecían estar gritándome que se negaban a funcionar. ¡Era el segundo día y ya estaba así! La cosa pintaba mal, sin embargo, revisé mi estado físico y pensé: "¿Puedo correr? Sí. Veamos hasta donde puedo llegar.". Me mentalicé y dando el primer paso del día, y con gran esfuerzo, empecé a correr. La cosa al principio fue dura y no mejoró mucho. A los pocos kilómetros de Lizarra empecé a notarme físicamente mal, débil, sin fuerzas, torpe; y anímicamente totalmente derrumbado. Si paraba de correr me temblaban las piernas y podía casi caerme al suelo, seguir corriendo me costaba pero quedarme parado no era una solución, parar no me llevaba a ninguna parte. A duras penas llegué al siguiente pueblo, Los Arcos, con mucha lucha contra mi propio cuerpo, y allí me senté a reflexionar. ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué sensaciones estaba teniendo? ¿Por qué de repente estaba tan anímicamente derrotado? Fácil: estaba teniendo una pájara. No era la primera vez que estaba en esa situación sabía cómo resolverla así que puse los remedios a mi alcance: comí y bebí bien y sin dejarme reposar continué caminando hasta la salida del pueblo. Cuando llegué al final del pueblo mi estado físico había cambiado totalmente y anímicamente, aunque no al 100%, al menos me había recuperado como para volver a correr, y así lo hice.

Es importante conocerse a uno mismo, saber qué nos está pasando en cada momento para poder resolver las situaciones que se nos presentan. En mi caso, mi estado anímico era provocado por el estado físico y, aunque en el momento es complicado darse cuenta y salir de ese bucle, tras una rápida reflexión lo supe. Todos los pensamientos que me venían no eran míos, eran provocados por el estado físico. Una vez resuelto el problema físico toda mi situación cambió. A diario nos ocurren situaciones parecidas que no sabemos manejar porque no nos paramos a conocernos, saber qué nos provoca un estado emocional nos permite manejarlo y llevarlo mejor o directamente ignorarlo.

Mi situación física hasta el quinto día fue dura, el cuerpo cada vez iba a menos y los últimos kilómetros se me hacían muy cuesta arriba. También influía que el calor apretaba a partir de las 12 de la mañana y que a esas horas ya llevaba muchos kilómetros encima. A partir del tercer días aprendí a detectar qué estados mentales me provocaba el excesivo calor y poco a poco fui manejándolo de mejor manera. Físicamente el calor me afectaba en que sudaba más y la cabeza se me recalentaba mucho. En un momento dado, pasando por un mal momento, cogí la pequeña cámara que llevaba y comencé a grabarme para dejar constancia de cómo estaba yendo la cosa. Empecé a contar que acababa de terminar una gran subida y que llevaba llaneando varios kilómetros y de repente las palabras no me salían. En mi cabeza aparecían los conceptos y yo era capaz de razonar y era consciente de que no era capaz de articular palabra. Intenté explicar qué me estaba pasando en ese instante, sin embargo, seguía sin ser capaz de hablar. Pasados unos segundos parece que la cosa se pasó y por fin pude hablarle a la cámara. Todo había sido producto del cansancio y del calor.

Mi amigo David me había insistido: "aguanta hasta el quinto día, ya verás como todo cambia". No podía más que confiar en él, ya había hecho el camino de Santiago y tenía más experiencia que yo. El quinto día por la mañana me levanté y, como siempre, hice revisión de mi estado físico: no notaba carga en las piernas, las rodillas apenas me molestaban, los tobillos parecían fuertes y los pies los tenía perfectos. ¡Genial! Parecía como si el cuerpo hubiera asimilado los kilómetros que ya tenía encima y estuviera en disposición de continuar tantos días como fuera necesario. Obviamente cada día el cuerpo iba a menos a medida que iban avanzando los kilómetros, sin embargo, por las tardes, después de la siesta ya me encontraba casi recuperado. El cuerpo es una máquina extraordinaria que siempre da más cuando se le pide.

Los sucesivos días fueron evolucionando de forma similar y físicamente cada día terminaba en mejor estado. Anímicamente fui aprendiendo a detectar cuando se me iban a proyectar estados negativos y directamente no dejaba que ocurriese. Muchas veces nos ocurre que hacemos ciertas cosas que inevitablemente nos provocan malestar. Por ello, es importante detectar qué acciones o qué situaciones nos lo provocan y directamente evitarlas y, en caso de no poder evitarlas, aprender a manejarlas y no dejar que nos controlen, sino controlarlas nosotros a ellas.

Mucha gente me ha preguntado sobre el tema motivación. En este sentido me gustaría definir dos niveles de motivación, los he llamado macromotivación y micromotivación. La macromotivación es lo que te mueve a hacer grandes viajes, a afrontar grandes retos y grandes aventuras. En mi caso la macromotivación básica era llegar a Santiago desde Pamplona siendo mi único vehículo. También quería volver a ponerme a prueba y volver a encontrar al luchador que había sido hacía tiempo y que tanta fuerza y energía irradiaba y que hace tiempo había desaparecido.

En segundo lugar está la micromotivación que son las razones que te mueven cada mañana a levantarte y afrontar ese día, esa parte de reto. La micromotivación principal de cada día era viajar, disfrutar del paisaje y correr disfrutando de mí mismo para llegar al albergue que había planificado, descansar y poder charlar con el resto de peregrinos. En muchas ocasiones, para seguir corriendo me convencía de que cuanto antes llegase más tiempo tendría para descansar y disfrutar de la paz y tranquilidad del descanso que en el camino he sentido.

En cuanto al tema motivación, tenía la creencia de que durante largas horas corriendo era necesario mantenerse arriba a través de lemas o ideas motivadoras, sin embargo, cuando uno se pasa entre siete y nueves horas corriendo al día, los lemas y las ideas motivadoras pierden fuerza rápidamente. Cuesta encontrar frases que te hagan seguir adelante así que lo mejor es no pensar en cómo seguir adelante y simplemente seguir adelante.

Por otro lado, había mucha gente que me preguntaba si me aburría durante tantas horas a solas corriendo por parajes donde, en ocasiones, apenas te cruzabas con dos personas en varias horas. Lo cierto es que en ningún momento me he aburrido y la razón principal era que no tenía tiempo para aburrirme mientras corría. Mi cuerpo y mi cabeza estaban mandándome continuamente mensajes y yo estaba siempre pendiente de ellos. Al no llevar reloj mantenía la cabeza ocupada también calculando cuánto tiempo corría, a qué ritmo lo hacía y calculaba, sin referencias, cuánto tiempo me faltaba para llegar hasta el próximo pueblo. Gracias a correr sin reloj he aprendido a escuchar a mi cuerpo de forma detenida y aprender a regularme para alcanzar cada día mi destino en el mejor estado posible. Es cierto que de haber llevado algún tipo de referencia espacial o temporal (bien con GPS o con un simple reloj) podría haber apurado un poco más hacia el final de la etapa, sin embargo, lo bonito del camino de Santiago es que no hay metas, no hay cronos, no hay competición. El único propósito del camino de Santiago es llegar al albergue en el mejor estado posible lo antes posible, las dos cosas pero llegando a un equilibrio entre ellas.


También ha habido quien me ha preguntado si en lo espiritual me ha servido el camino de Santiago para encontrar respuestas a mis preguntas. Lo cierto es que mucha gente va a al camino para encontrarse de nuevo, para estar a solas consigo mismo e intentar responder las preguntas que el día a día, por una razón u otra, no nos da espacio para responder. Es cierto que muchos peregrinos con los que hablas tienen problemas e intentan encontrar solución en el camino. Hacer el camino no resuelve ningún problema, no se resuelven mágicamente, sin embargo, pasarte horas y horas sin más ocupación que caminar te da espacio para reflexionar. Mi caso fue algo diferente, para mí se presentaba más como un reto deportivo y personal que una necesidad de encontrarme. Todas mis preguntas ya tenían respuestas, las decisiones que debía tomar ya estaban tomadas antes de ir al camino. ¿Entonces no has reflexionado en el camino? Pues la verdad es que no. Una de las cosas que más me gusta de correr es que mientras lo hago, cuando no estoy entrenando para algo concreto, me siento vacío, liberado de peso emocional, sin necesidad de pensar conscientemente. A mi cabeza vienen ideas, están un tiempo y se van, yo no las bloqueo ni las genero, ellas solas van y vienen. Esos momentos son maravillosos porque surgen cosas bonitas, pensamientos que de otra forma no surgirían y sobre todo, esos momentos son bonitos porque estás a solas contigo mismo. Poca gente aguanta la soledad, supongo que mucha gente no se aguanta y por eso la soledad les aterra.

Los días iban pasando y cada uno era en sí mismo un reto más superado que sumaba un punto en el gran reto. Cada día terminaba y me sentía realizado por lo que acababa de conseguir y por todo aquello que llevaba conseguido. Nunca me planteaba lo que me faltaba por conseguir, sólo disfrutaba de aquello que tenía. Debemos aprender a disfrutar y celebrar aquello que conseguimos y dejar de torturarnos por aquello que todavía no tenemos. Preocuparse más por lo que a uno le falta que disfrutar de lo que uno tiene es el mejor camino hacia la infelicidad perpetua. Todos los días al terminar me sentía completo por haber dado un grandísimo paso más hacia la gran meta, cada día era un paso y cada paso que daba me acercaba un paso a mi destino.

Aunque cada día me encontraba físicamente más fuerte y mentalmente mejor preparado, los días y los kilómetros no pasaban en balde y cada vez me costaba levantarme de la cama. A las 5:45 sonaba mi despertador y al principio saltaba de la cama, a veces literalmente ya que dormíamos en literas y casi siempre me tocó en la de arriba, sin embargo, los últimos días tardaba más de 15 minutos en ponerme en pie. Sabía lo que quería hacer y por qué debía levantarme de la cama porque tenía un objetivo en mente, cada día me recordaba por qué hacía lo que estaba haciendo y así conseguía las fuerzas para arrancar cada mañana. No dista mucho de lo que nos pasa a diario: a veces nos suena el despertador y damos un par de vueltas en la cama, sin embargo, luego recordamos por qué debemos levantarnos y parece que eso nos da fuerzas para empezar un nuevo día. Por eso es tan importante saber para qué se levanta uno cada mañana, eso, y sólo eso, nos da fuerzas para seguir adelante.

Finalmente llegó el último día, el decimocuarto, el día en que la Plaza del Obradoiro me acogería con los brazos abiertos. Se supone que el último día debería estar hipermotivado ya que aquel día me llevaba hasta la meta, sin embargo, mi estado no era muy diferente del del día anterior. Es más, mi motivación estaba quizá por debajo del resto de los días. Ahora sé que eso era debido a que muy dentro de mí sabía que aquello estaba llegando a su fin y que no quería que terminase. Suena a locura pero me habría quedado corriendo el resto de mis días...

El último día no estuvo exento de sufrimiento, hacia el kilómetro 13 empecé a notarme bajo de energías y cuando afrontaba el kilómetro 15 del día iba totalmente zombie tropezando con mis propios pies. Después de trece días es extraño tener esas sensaciones y ahora sospecho que más que algo físico era algo mental, aunque la realidad nunca la sabré. Comí algo en Pedrouzo, a unos 20 kilómetros de Santiago y seguí mi camino. Al salir volvía a tener una gran motivación por llegar, volvía a correr con fuerza y en mi interior había una grandísima energía positiva que me llevó a alcanzar O Monte do Gozo sin darme cuenta. Cuando pregunté cuántos kilómetros quedaban y me dijeron que sólo quedaban 5 kilómetros algo dentro de mí se revolvió. Aquello se acababa.

Durante varios minutos estuve sentado, sin hacer nada, sin pensar nada. No quería seguir, quería quedarme allí, no quería llegar a mi meta, sin embargo, tarde o temprano tendría que seguir, así que demorarlo no hacía más que hacer más doloroso el momento de llegar. Volví a arrancar a correr y aunque podría haber corrido tan rápido como hubiera querido, todo mi ser me pedía recorrer los últimos kilómetros lentamente, disfrutando de cada paso, paladeando cada zancada. Sin ninguna duda esos últimos kilómetros fueron los más cortos de todo el viaje a pesar de que estaba corriendo tan lentamente como podía. 


Rúa San Pedro, Rúa das Casas Reáis, Plaza Cervantes, Rúa de Acibechería, pasadizo de la plaza y... La magestuosa Plaza del Obradoiro se abrió ante mí. Corrí hasta el centro de la plaza y me tiré al suelo. Llegar a la plaza del Obradoiro me provocó la mayor sensación de vacío que jamás he sentido. Suena extraño ya que debía haber estado pletórico, emocionado, alegre y, sobre todo, debía sentirme feliz. Pero no fue así. En medio de la Plaza del Obradoiro, rodeado de peregrinos y turistas, después de haber recorrido 700 kilómetros a pie sin compañía, poniéndome al límite y superándome cada día un poco más, no sentía nada. Esa fue la demostración de que lo que realmente nos debe hacer felices en esta vida no es la meta en sí mismo, la felicidad se encuentra en el camino. Cada meta sólo es la salida de un nuevo camino en nuestras vidas. La meta no es el cierre, la meta es el pistoletazo de salida del siguiente camino. Por eso sé, que el resto de mi vida me lo pasaré en el camino, no existe nada más que el camino.



Todos los cuentos que tienen un principio también tienen un final, pero lo mejor es siempre la moraleja. La de mi camino de Santiago es que no debemos dejar de luchar cada día por aquello que deseamos hacer, debemos perseguir nuestros sueños y nunca desfallecer en el intento por conseguirlos. 

Personas normales podemos hacer cosas extraordinarias, todos tenemos capacidades especiales que bien explotadas nos permiten ser auténticos héroes de lo cotidiano

10 comentarios:

Alberto Fernández dijo...

Escribí: "El camino no siente, no rie, no llora, no ama, no duda, ni piensa, ni come, ni se cansa, ni duerme, pero me permite que yo pueda sentir. Mi camino no conoce ni la salida ni la meta, pero sin él no puedo empezar ni terminar. Sin él yo podría existir, pero no podría vivir. Son los éxitos que alcanzo y los fracasos que aprendo, las grandes zancadas que corro y los pequeños pasos que doy.

Mi camino es mi potencial, pues lo único que me pide es que no deje de caminar. El camino lo es todo y no es nada..."

¡Bienvenido DAVID! ;)

Un fuerte abrazo.

David Roncero Domínguez dijo...

Alberto: cierto, el camino lo estodo. Nos vemos en el camino.

Disfruta y sé feliz.

Anónimo dijo...

Simplemente brillante...Gracias por compartirlo con nosotros. Te quiero. LT

David Roncero Domínguez dijo...

LT: soy de los que creo que la genialidad y la brillantez uno las capta del entorno en el que se mueve, sobre todo en el entorno familiar y yo he tenido 4 grandes maestros desde que nací. Te quiero mucho.

Disfruta y sé feliz.

Víctor (Dialogotomía) dijo...

"El cerebro es muy cómodo y le gusta mantenerse haciendo aquello a lo que está acostumbrado, salir de ahí es un esfuerzo titánico para él e intenta convencernos de que eso que queremos hacer no es realmente lo que queremos hacer".
¿Por qué quiere el cerebro mantenerse en esa postura de comodidad?
Te admiro por tu valentía y por ser capaz de enfrentarte en solitario a tantos kilómetros.
No es el sufrimiento físico lo temible, no son las inclemencias meteorológicas lo temible, ni siquiera los posibles peligros que encontremos. Lo verdaderamente temible es lo que pensamos en esa soledad, en tantos kilómetros...
Es a eso a lo que realmente todos tenemos miedo.

Enhorabuena, David.

David Roncero Domínguez dijo...

Víctor: muchas gracias. Efectivamente lo que muchas veces nos da miedo es escucharnos y es más fácil vivir en la ignorancia. Al principio la soledad, en todos su ámbitos, es dura. Cuando aprendes a disfrutarla es maravillosa, te permite conocerte mejor para compartir más de ti mismo con los demás.

Un día quedamos y pedaleamos juntos a solas.

Disfruta y sé feliz.

Yayo Salva dijo...

Tu viaje tiene muchas lecturas, infinidad de sujerencias. Lo de menos es tu condición de atleta (aunque pieza clave para hacer lo que has hecho y cómo lo has hecho). Tendré que venir a menudo a este texto a seguir extrayéndole jugos salutíferos.
Un abrazo, David.

David Roncero Domínguez dijo...

Yayo Salva: como tú bien dices aquí lo de menos es el cómo y lo importante es el qué, en este caso, hacer el camino de Santiago y vivirlo. Me alegra que alguien con tanto mundo encuentre mi relato jugoso.

Un gran abrazo, disfruta y sé feliz.

Carlos David Gonzalez Martín dijo...

Hola David.

Enhorabuena por el camino y por el gran relato.

Quizá mi próximo camino sea corriendo.

Un saludo.

David dijo...

Es un placer disfrutar del turismo y por eso me interesa tener la posibilidad de viajar a donde yo quiera. Cuando obtengo datos sobre avantrip.com referido a las ofertas me gusta tratar de conseguirlas, para poder viajar alli